Javier Sáez de Ibarra

Aquí tenemos el problema de las mujeres. Que son muchas, quiero decir. Cuando digo muchas, en realidad me refiero a muchísimas. En este momento, la proporción quizá sea de novecientas a uno. O más.
No es divertido, como tal vez estén pensando los hombres. No es divertido, siempre. Novecientas a uno significa que si descontamos a... y excluimos a..., tocamos... No son así las cosas. Las mujeres no tocan a tanto, como si fueran obsequios. Pero no es mérito nuestro pensar así. No es mérito nuestro.
Habrán oído hablar de La Ley. No me refiero a otra que a la de la oferta y la demanda. Significa, en pocas palabras, que cuando abunda un producto, los compradores esperan a que los vendedores se fastidien unos a otros obligándose a abaratarlo antes de comprar. Y, en cambio, si se solicita mucho, los que venden suben su precio para forzar a los consumidores a pagar más por lo mismo. Es la ley de los pícaros. Rige nuestro mercado, y nuestra vida en gran parte. También nuestra vida. Según dicen, la búsqueda de beneficio de los que participan en él es lo único de lo que podemos estar completamente seguros.
Aplicado a nuestra situación, significa que hay exceso de oferta de mujeres y escasez de demanda de varones. De modo que aquí entre nosotros se le dan dos posibilidades a la que desea una pareja masculina:
a) Que ofrezca, además de a sí misma, una dote en dinero o especies (sería el equivalente a la bajada del precio);
b) Que acepte que el hombre disfrute también de la compañía de otras (sería el equivalente a la aceptación de la competencia).
En puridad, cabe otra alternativa:
c) La mejora del “producto”: esto es, incrementar su valor, de manera que una mujer consiga ser incomparablemente mejor que las otras; no obstante, se trata de una opción muy arriesgada, pues el tiempo y el dinero invertidos en la operación muy rara vez obtienen el reconocimiento de los varones, lo que resulta un despilfarro.
Universidades, escuelas de economistas y matemáticos, diversas asociaciones y foros dedicados a la ética civil, incluso la Comisión para la no-beligerancia entre las iglesias han buscado una salida a la situación. En vano. No hay teoría que pueda invertir la consabida ley.
Durante una década prevaleció la estrategia conocida eufemísticamente como “racional-centralista”. Consistía en que un Supercomité, formado a partes iguales por representantes de padres de hijas y expertos en ciencias concernidas por el caso, investigara una por una a todas las candidatas al matrimonio bisexual. El estudio, muy prolijo, se vio facilitado por la aplicación de un impecable programa informático. Para la clasificación y ulterior selección de las muchachas se tenían en cuenta setenta y seis ítems, si no recuerdo mal. Conforme a ellos, se establecían tablas y clasificaciones que atendían al doble criterio cuantitativo y singular o cualitativo. Ni que decir tiene que aquellas que ocuparan los primeros puestos en el escalafón tendrían más posibilidades de colocarse en el, citémoslo tal como fue conocido, “mercado conyugal”. De inmediato, proliferaron por todo el país academias, luego institutos, después colegios y, por último, guarderías que se especializaban en la educación de las mujeres-jóvenes-adolescentes-niñas-bebés aspirantes al matrimonio. En los anuncios de estos centros se aireaban los porcentajes de éxitos (léase: emparejamientos legales), el número y categoría de ítems conseguidos con sus puntuaciones, etc.; el negocio fue próspero merced a la alta demanda, como queda explicado.
Desde ese punto de vista todo iba bien. El Supercomité, con el aval del Estado, ejercía una suerte de monopolio conyugal. Como las clases acomodadas eran las únicas que podían soportar los fabulosos costes de aquella cadena de instituciones de enseñanza, sólo ellas conseguían que sus crías se convirtieran en super-mujeres quienes, sin mucha dificultad, terminaban casadas. Las hijas de las clases medias y las pobres se quedaban solas.
El problema, no obstante, surgió entre los varones. El carácter “racional” (amén de unitario) del plan estratégico implicaba que también ellos, a ser posible todos, fueran sometidos a estudio; pues, en caso contrario, sucedía que a las chicas cuyas familias habían gastado tanto en su formación les podía corresponder un individuo de perfil bajo o directamente un simple. En consecuencia, el Supercomité empezó a examinar también los ítems de los hombres (en este caso, reducidos a treinta y dos) para evitar desagradables sorpresas. Ello permitió, además, combinar los resultados de una y otra clasificación, de manera que se elaboraron listas de las personas que podían formar parejas ideales, esto es, las únicas con marchamo legal de calidad.
El procedimiento empleado, en principio tan eficaz como neutral, condujo a que en los llamados “años negros de la década”, cientos de hombres fueran inducidos, si no arrastrados, a matrimonios forzosos que se justificaban por la “razón objetiva” del método científico. No pocos de esos enlaces resultaron satisfactorios; pues, obviamente, la aportación de las ciencias y las virtudes del programa informático para confeccionar los rubros y definir no ya aspectos cuantitativos, sino de calidad en cada uno de ellos, tenían que conducir al proceso marital a un grado de excelencia. Sin embargo, resultó materialmente imposible evitar todo desajuste. Por ejemplo, que coincidieran el ítem de un varón (pongamos: placeres: gusto por la comida sabrosa) con el de una mujer (digamos: habilidades: capacidad culinaria), no significaba que en otro (preferencia física del hombre: señorita morena, por decir algo) se alcanzara el mismo nivel de adecuación. Con la vida en común de los esposos, esas inadecuaciones terminaban aflorando: la alianza se resentía y, en ocasiones, desembocaba en flagrante incompatibilidad. La insuficiencia del sistema provocó descontentos, incomprensión, resistencia a la colaboración ciudadana y otros delitos. El Supercomité hizo cuanto pudo por controlar las parejas en quiebra; pero su intervención sólo recrudeció la crisis. Se sucedieron estallidos de violencia doméstica, manifestaciones públicas, incluso disturbios. El plan “racional-centralista” hacía aguas. Los hombres, en posición de fuerza dado su exiguo número, empezaban a romper contratos y disolver sus enlaces. Cundió el pánico. En este contexto, proliferaron empresas de todo tipo dedicadas al ocultamiento, evasión y tráfico de varones o a la suplantación de personalidad, sin contar otras de menor importancia que ofrecían servicios de maquillaje, cirugía plástica o travestismo. Las familias de hijas pudientes contrataban cobradores, detectives, cazadores de hombres, aduciendo su derecho a conservar el estatus legal adquirido. Los chicos jóvenes -no siempre sus padres- defendían la libre elección. El gobierno, a su vez, se mostraba inmovilista, arguyendo la razón de Estado, la salud comunitaria, la paz social, la estadística y que la onerosa inversión realizada a costa del erario público debía ser satisfecha.
Según dicen, el caso de Benito M. y Juana Q. fue el desencadenante del cambio de modelo. Se trataba de dos críos: ella contaba cuatro años; él, tres. Sus respectivos padres -vecinos y que mantenían una buena relación entre ellos- los casaron con la anuencia de un pastor corrupto que ofició la ceremonia; lo cual, evidentemente, contravenía la ley. Arreciaron entonces las demandas, la polémica sobre la libertad de credos, las exigencias de trasparencia en la gestión y los chistes (porque los contrayentes dormían juntos, pero cada uno comía en su casa).
El hecho produjo un rápido descrédito del monopolio y el consiguiente desmantelamiento de las instituciones racional-centralistas, al que sucedió un periodo de transición francamente inestable. En palabras de un alto dignatario ético: un periodo de “irrestricta libertad”, que amenazaba “el marco de convivencia que nos hemos dado”. Padres y madres irresponsables pactaban la boda de su retoño con diferentes progenitores a la vez, aceptaban sobornos y algunos, después de cobrar considerables estipendios, incumplían lo firmado. Se produjeron raptos de niños, incluso de recién nacidos, actos de violencia, forzamientos sexuales y otros escándalos.
“La naturaleza se ha desatado por la malicia humana y nos precipita al caos”, bramó un representante de la religión mayoritaria, ”se impone el mandato de domeñarla -como ordena la Santa Escritura- por medio de la razón que al hombre ha sido entregada para su uso recto”. “Libre iniciativa, ahí tenemos la solución”, propugnaba el ala liberal de cada partido: “cúmplase la ley: oferta y demanda”, exigía. Por el contrario, el ala democrática empezaba a defender, aunque tímidamente al principio, lo que, tras unos titubeos, acabó por llamarse: “disponibilidad relacional”. Esto suponía admitir que los varones -y, en consecuencia, las mujeres- disfrutaran de plena libertad para mantener relaciones afectivas y sexuales con quien les viniese en gana. “Hay que modernizar nuestra concepción tradicional del afecto”, proponía una de sus defensoras en debates y monografías: “recuperemos el ámbito de la preferencia personal”.
La discusión entre las dos facciones se agrió. Los liberales acusaban al bando democrático de menospreciar la calidad, de aplanar las diferencias naturales y culturales al no considerar “la aristocracia del cultivo personal” por el que todo bien nacido debía esforzarse. Con tal fin, establecieron fundaciones y organismos que asegurasen la calidad contrastada que las familias tradicionales -ahora en apuros de compensación genética- habían venido dando desde antaño.
Los demócratas, a su vez, tachaban a sus adversarios de hipócritas, ventajistas y reprimidos, enemigos de la libertad y de la autonomía del individuo. Proclamaron “la igualdad inalienable de la opción sexual” y, así, se empeñaron en la creación de un cuerpo de educadores que, por el camino de la auténtica cultura libre, orientase las decisiones de quienes apetecían casarse.
Los liberales apelaron a la competencia y al orden; los demócratas, a la cultura y a la suerte.
Otras organizaciones sin tanto predicamento mediaron en el asunto: la Plataforma de Mujeres Irreductibles exigió la “cuota moral universal”, para cuya satisfacción propuso que se crearan “Centros oficiales de atención sexual”. Esta medida coincidía, paradójicamente, con la Asociación de Varones Abiertos, llamada no sin ironía “altruista” y también “Los Machos”; frente a la cual se irguió la Agrupación Varonil Indiscriminada en defensa del derecho de sus socios a mantener su soltería: grupo denominado “Agrupación Caciquil” y “Los Estrechos” por sus detractores. Para no extenderme, me limitaré a mencionar otras dos posiciones marginales de furiosa intransigencia aunque poco significativas en la discusión ciudadana: el colectivo “Lesbianismo Consecuente” y el grupo de abstinentes “Virginidad Abrazada” (que recibía el aliento de la confesión mayoritaria).
En cuanto a la Iglesia Mayor, reiteraba sin concesiones su firme consigna: “Un hombre, una mujer”, y ofrecía el consejo de catequistas y expertos.
Finalmente, tras casi un lustro de discusiones en las Cortes, en los medios de comunicación y en la calle, se impuso, al menos de manera oficial, el mero planteamiento económico: la Ley (de oferta y demanda) con sus derivados (la lucha por la vida, el crimen) para toda la población. Conforme a ello, hoy un varón puede solicitar, sin coste alguno, los servicios de una Agencia Privada de Elección de Pareja o un Centro Público de Atención Personal. Ambos le ofrecerán una cuidada selección de mujeres, especificando si aceptan la poligamia -hoy comúnmente admitida salvo entre las hijas fieles de la religión mayoritaria-. También puede buscar a su compañera al margen de toda institución en los azares del mundo, y sin temor a equivocarse: pues el establecimiento como la disolución del vínculo es un trámite que se resuelve en 24 horas (en atención administrativa ininterrumpida).
No contaría todo si no advirtiera que los colectivos más radicales han empezado a imponer en algunos barrios y suburbios su propia ley; no es raro que la prensa se haga eco cada día de raptos y violaciones de hombres de todas las edades, incluso ancianos, con potencia sexual o sin ella. Esta situación ha hecho que surjan multitud de empresas dedicadas a la seguridad personal, la asistencia pedagógica a infantes varones y la custodia geriátrica. Por desgracia, muchas de ellas son negocios de familias pudientes con hijas en edad núbil, que las usan de tapadera para beneficio propio, tratando de condicionar el desarrollo afectivo y relacional de los niños e influir así en su futura decisión. “No es fácil ser hombre. Lo masculino corre peligro de morir de éxito”, ha manifestado recientemente un político electo; declaraciones que ha debido matizar tras ser acusado de posición discriminatoria y vejaciones.
En cuanto a mí, como se preguntarán ustedes, sobrevivo. Sobrevivo sumiso a mi condición en el difícil mundo que me ha tocado en suerte. Ahora me marcho, tengo que dejar a mi mujer de los segundos lunes, la más fogosa de la quincena. El chófer ha venido a recogerme como cada día en la limusina que me ceden mis patrocinadoras, para trasladarme a la residencia de mi esposa de los segundos martes, una pelirroja con un encantador mal genio. Antes, tengo cita para una sesión pública de ejercicio físico, masaje y baño; después acudiré a un centro cívico de señoritas sin recursos con el que colaboro: allí me esperan una hora de conversación múltiple y una partida simultánea de ajedrez (la institución la dirige una organización religiosa). A mediodía, disfrutaré de un rato de asueto comiendo con un amigo en un restaurante que él frecuenta, y que dispone de un reservado con paredes de falsos espejos para ser visto por las socias de un club de damas, lo que le reporta algún ingreso extra. La tarde la tengo comprometida con un par de hermanas, fundadoras del patronato: leeremos y comentaremos algunas páginas escogidas de sus autores favoritos, lo que me llevará hora y media; luego me toca recepción en casa de una familia muy distinguida, industriales me parece, compuesta de cinco hijas. Antes disponía de los segundos martes y los terceros jueves de cada mes para ir a ver a mi madre; pero como mi agente concedió una exclusiva de medias tardes a las herederas de una amiga suya, se corrió la voz de que estoy libre, y mis patronas me han ocupado este día también. En fin. Todavía si encontrara a alguien de mi edad que me escuchase, pero ¡cinco jovencitas!, ni me dejarán respirar. Confío en que llegaré a casa antes de la cena. Mi mujer se empeñará en que primero tomemos un baño juntos; pero seguro que cuando acabemos estaré agotado y, durante la velada, la dejaré a la mitad de una hermosa disertación y caeré rendido.
Un amigo con el que hablo cada tanto dice que, viviendo de esta manera, se pueden aguantar diez o doce años (aunque hay quien se acostumbra del todo). Yo espero retirarme en cuanto cumpla los cuarenta. Para entonces habré amasado una fortuna, además de enriquecer a mis patrocinadoras y a mi agente, y de haber contribuido con largueza a las arcas del Estado. Pero para conseguirlo hay que trabajar sin desmayo. Así es. Hay que trabajar. Pues la vida nos llena a todos de responsabilidades. Unas son elegidas, otras no; pero quién puede negarse. De modo que yo nunca dejo que se me peguen las sábanas; me levanto solo, antes de que amanezca, tomo un desayuno frugal y salgo corriendo. Tampoco quiero que me encuentre esta hija (aún es pequeña) y empiece a contarme sus cosas o a pedir que me quede. Debo ser resolutivo, empezar pronto.
Del libro Propuesta imposible, Madrid, Páginas de Espuma, 2008

Lecho rojo, de Beth Moysés
Aquí tenemos el problema de las mujeres. Que son muchas, quiero decir. Cuando digo muchas, en realidad me refiero a muchísimas. En este momento, la proporción quizá sea de novecientas a uno. O más.
No es divertido, como tal vez estén pensando los hombres. No es divertido, siempre. Novecientas a uno significa que si descontamos a... y excluimos a..., tocamos... No son así las cosas. Las mujeres no tocan a tanto, como si fueran obsequios. Pero no es mérito nuestro pensar así. No es mérito nuestro.
Habrán oído hablar de La Ley. No me refiero a otra que a la de la oferta y la demanda. Significa, en pocas palabras, que cuando abunda un producto, los compradores esperan a que los vendedores se fastidien unos a otros obligándose a abaratarlo antes de comprar. Y, en cambio, si se solicita mucho, los que venden suben su precio para forzar a los consumidores a pagar más por lo mismo. Es la ley de los pícaros. Rige nuestro mercado, y nuestra vida en gran parte. También nuestra vida. Según dicen, la búsqueda de beneficio de los que participan en él es lo único de lo que podemos estar completamente seguros.
Aplicado a nuestra situación, significa que hay exceso de oferta de mujeres y escasez de demanda de varones. De modo que aquí entre nosotros se le dan dos posibilidades a la que desea una pareja masculina:
a) Que ofrezca, además de a sí misma, una dote en dinero o especies (sería el equivalente a la bajada del precio);
b) Que acepte que el hombre disfrute también de la compañía de otras (sería el equivalente a la aceptación de la competencia).
En puridad, cabe otra alternativa:
c) La mejora del “producto”: esto es, incrementar su valor, de manera que una mujer consiga ser incomparablemente mejor que las otras; no obstante, se trata de una opción muy arriesgada, pues el tiempo y el dinero invertidos en la operación muy rara vez obtienen el reconocimiento de los varones, lo que resulta un despilfarro.
Universidades, escuelas de economistas y matemáticos, diversas asociaciones y foros dedicados a la ética civil, incluso la Comisión para la no-beligerancia entre las iglesias han buscado una salida a la situación. En vano. No hay teoría que pueda invertir la consabida ley.
Durante una década prevaleció la estrategia conocida eufemísticamente como “racional-centralista”. Consistía en que un Supercomité, formado a partes iguales por representantes de padres de hijas y expertos en ciencias concernidas por el caso, investigara una por una a todas las candidatas al matrimonio bisexual. El estudio, muy prolijo, se vio facilitado por la aplicación de un impecable programa informático. Para la clasificación y ulterior selección de las muchachas se tenían en cuenta setenta y seis ítems, si no recuerdo mal. Conforme a ellos, se establecían tablas y clasificaciones que atendían al doble criterio cuantitativo y singular o cualitativo. Ni que decir tiene que aquellas que ocuparan los primeros puestos en el escalafón tendrían más posibilidades de colocarse en el, citémoslo tal como fue conocido, “mercado conyugal”. De inmediato, proliferaron por todo el país academias, luego institutos, después colegios y, por último, guarderías que se especializaban en la educación de las mujeres-jóvenes-adolescentes-niñas-bebés aspirantes al matrimonio. En los anuncios de estos centros se aireaban los porcentajes de éxitos (léase: emparejamientos legales), el número y categoría de ítems conseguidos con sus puntuaciones, etc.; el negocio fue próspero merced a la alta demanda, como queda explicado.
Desde ese punto de vista todo iba bien. El Supercomité, con el aval del Estado, ejercía una suerte de monopolio conyugal. Como las clases acomodadas eran las únicas que podían soportar los fabulosos costes de aquella cadena de instituciones de enseñanza, sólo ellas conseguían que sus crías se convirtieran en super-mujeres quienes, sin mucha dificultad, terminaban casadas. Las hijas de las clases medias y las pobres se quedaban solas.
El problema, no obstante, surgió entre los varones. El carácter “racional” (amén de unitario) del plan estratégico implicaba que también ellos, a ser posible todos, fueran sometidos a estudio; pues, en caso contrario, sucedía que a las chicas cuyas familias habían gastado tanto en su formación les podía corresponder un individuo de perfil bajo o directamente un simple. En consecuencia, el Supercomité empezó a examinar también los ítems de los hombres (en este caso, reducidos a treinta y dos) para evitar desagradables sorpresas. Ello permitió, además, combinar los resultados de una y otra clasificación, de manera que se elaboraron listas de las personas que podían formar parejas ideales, esto es, las únicas con marchamo legal de calidad.
El procedimiento empleado, en principio tan eficaz como neutral, condujo a que en los llamados “años negros de la década”, cientos de hombres fueran inducidos, si no arrastrados, a matrimonios forzosos que se justificaban por la “razón objetiva” del método científico. No pocos de esos enlaces resultaron satisfactorios; pues, obviamente, la aportación de las ciencias y las virtudes del programa informático para confeccionar los rubros y definir no ya aspectos cuantitativos, sino de calidad en cada uno de ellos, tenían que conducir al proceso marital a un grado de excelencia. Sin embargo, resultó materialmente imposible evitar todo desajuste. Por ejemplo, que coincidieran el ítem de un varón (pongamos: placeres: gusto por la comida sabrosa) con el de una mujer (digamos: habilidades: capacidad culinaria), no significaba que en otro (preferencia física del hombre: señorita morena, por decir algo) se alcanzara el mismo nivel de adecuación. Con la vida en común de los esposos, esas inadecuaciones terminaban aflorando: la alianza se resentía y, en ocasiones, desembocaba en flagrante incompatibilidad. La insuficiencia del sistema provocó descontentos, incomprensión, resistencia a la colaboración ciudadana y otros delitos. El Supercomité hizo cuanto pudo por controlar las parejas en quiebra; pero su intervención sólo recrudeció la crisis. Se sucedieron estallidos de violencia doméstica, manifestaciones públicas, incluso disturbios. El plan “racional-centralista” hacía aguas. Los hombres, en posición de fuerza dado su exiguo número, empezaban a romper contratos y disolver sus enlaces. Cundió el pánico. En este contexto, proliferaron empresas de todo tipo dedicadas al ocultamiento, evasión y tráfico de varones o a la suplantación de personalidad, sin contar otras de menor importancia que ofrecían servicios de maquillaje, cirugía plástica o travestismo. Las familias de hijas pudientes contrataban cobradores, detectives, cazadores de hombres, aduciendo su derecho a conservar el estatus legal adquirido. Los chicos jóvenes -no siempre sus padres- defendían la libre elección. El gobierno, a su vez, se mostraba inmovilista, arguyendo la razón de Estado, la salud comunitaria, la paz social, la estadística y que la onerosa inversión realizada a costa del erario público debía ser satisfecha.
Según dicen, el caso de Benito M. y Juana Q. fue el desencadenante del cambio de modelo. Se trataba de dos críos: ella contaba cuatro años; él, tres. Sus respectivos padres -vecinos y que mantenían una buena relación entre ellos- los casaron con la anuencia de un pastor corrupto que ofició la ceremonia; lo cual, evidentemente, contravenía la ley. Arreciaron entonces las demandas, la polémica sobre la libertad de credos, las exigencias de trasparencia en la gestión y los chistes (porque los contrayentes dormían juntos, pero cada uno comía en su casa).
El hecho produjo un rápido descrédito del monopolio y el consiguiente desmantelamiento de las instituciones racional-centralistas, al que sucedió un periodo de transición francamente inestable. En palabras de un alto dignatario ético: un periodo de “irrestricta libertad”, que amenazaba “el marco de convivencia que nos hemos dado”. Padres y madres irresponsables pactaban la boda de su retoño con diferentes progenitores a la vez, aceptaban sobornos y algunos, después de cobrar considerables estipendios, incumplían lo firmado. Se produjeron raptos de niños, incluso de recién nacidos, actos de violencia, forzamientos sexuales y otros escándalos.
“La naturaleza se ha desatado por la malicia humana y nos precipita al caos”, bramó un representante de la religión mayoritaria, ”se impone el mandato de domeñarla -como ordena la Santa Escritura- por medio de la razón que al hombre ha sido entregada para su uso recto”. “Libre iniciativa, ahí tenemos la solución”, propugnaba el ala liberal de cada partido: “cúmplase la ley: oferta y demanda”, exigía. Por el contrario, el ala democrática empezaba a defender, aunque tímidamente al principio, lo que, tras unos titubeos, acabó por llamarse: “disponibilidad relacional”. Esto suponía admitir que los varones -y, en consecuencia, las mujeres- disfrutaran de plena libertad para mantener relaciones afectivas y sexuales con quien les viniese en gana. “Hay que modernizar nuestra concepción tradicional del afecto”, proponía una de sus defensoras en debates y monografías: “recuperemos el ámbito de la preferencia personal”.
La discusión entre las dos facciones se agrió. Los liberales acusaban al bando democrático de menospreciar la calidad, de aplanar las diferencias naturales y culturales al no considerar “la aristocracia del cultivo personal” por el que todo bien nacido debía esforzarse. Con tal fin, establecieron fundaciones y organismos que asegurasen la calidad contrastada que las familias tradicionales -ahora en apuros de compensación genética- habían venido dando desde antaño.
Los demócratas, a su vez, tachaban a sus adversarios de hipócritas, ventajistas y reprimidos, enemigos de la libertad y de la autonomía del individuo. Proclamaron “la igualdad inalienable de la opción sexual” y, así, se empeñaron en la creación de un cuerpo de educadores que, por el camino de la auténtica cultura libre, orientase las decisiones de quienes apetecían casarse.
Los liberales apelaron a la competencia y al orden; los demócratas, a la cultura y a la suerte.
Otras organizaciones sin tanto predicamento mediaron en el asunto: la Plataforma de Mujeres Irreductibles exigió la “cuota moral universal”, para cuya satisfacción propuso que se crearan “Centros oficiales de atención sexual”. Esta medida coincidía, paradójicamente, con la Asociación de Varones Abiertos, llamada no sin ironía “altruista” y también “Los Machos”; frente a la cual se irguió la Agrupación Varonil Indiscriminada en defensa del derecho de sus socios a mantener su soltería: grupo denominado “Agrupación Caciquil” y “Los Estrechos” por sus detractores. Para no extenderme, me limitaré a mencionar otras dos posiciones marginales de furiosa intransigencia aunque poco significativas en la discusión ciudadana: el colectivo “Lesbianismo Consecuente” y el grupo de abstinentes “Virginidad Abrazada” (que recibía el aliento de la confesión mayoritaria).
En cuanto a la Iglesia Mayor, reiteraba sin concesiones su firme consigna: “Un hombre, una mujer”, y ofrecía el consejo de catequistas y expertos.
Finalmente, tras casi un lustro de discusiones en las Cortes, en los medios de comunicación y en la calle, se impuso, al menos de manera oficial, el mero planteamiento económico: la Ley (de oferta y demanda) con sus derivados (la lucha por la vida, el crimen) para toda la población. Conforme a ello, hoy un varón puede solicitar, sin coste alguno, los servicios de una Agencia Privada de Elección de Pareja o un Centro Público de Atención Personal. Ambos le ofrecerán una cuidada selección de mujeres, especificando si aceptan la poligamia -hoy comúnmente admitida salvo entre las hijas fieles de la religión mayoritaria-. También puede buscar a su compañera al margen de toda institución en los azares del mundo, y sin temor a equivocarse: pues el establecimiento como la disolución del vínculo es un trámite que se resuelve en 24 horas (en atención administrativa ininterrumpida).
No contaría todo si no advirtiera que los colectivos más radicales han empezado a imponer en algunos barrios y suburbios su propia ley; no es raro que la prensa se haga eco cada día de raptos y violaciones de hombres de todas las edades, incluso ancianos, con potencia sexual o sin ella. Esta situación ha hecho que surjan multitud de empresas dedicadas a la seguridad personal, la asistencia pedagógica a infantes varones y la custodia geriátrica. Por desgracia, muchas de ellas son negocios de familias pudientes con hijas en edad núbil, que las usan de tapadera para beneficio propio, tratando de condicionar el desarrollo afectivo y relacional de los niños e influir así en su futura decisión. “No es fácil ser hombre. Lo masculino corre peligro de morir de éxito”, ha manifestado recientemente un político electo; declaraciones que ha debido matizar tras ser acusado de posición discriminatoria y vejaciones.
En cuanto a mí, como se preguntarán ustedes, sobrevivo. Sobrevivo sumiso a mi condición en el difícil mundo que me ha tocado en suerte. Ahora me marcho, tengo que dejar a mi mujer de los segundos lunes, la más fogosa de la quincena. El chófer ha venido a recogerme como cada día en la limusina que me ceden mis patrocinadoras, para trasladarme a la residencia de mi esposa de los segundos martes, una pelirroja con un encantador mal genio. Antes, tengo cita para una sesión pública de ejercicio físico, masaje y baño; después acudiré a un centro cívico de señoritas sin recursos con el que colaboro: allí me esperan una hora de conversación múltiple y una partida simultánea de ajedrez (la institución la dirige una organización religiosa). A mediodía, disfrutaré de un rato de asueto comiendo con un amigo en un restaurante que él frecuenta, y que dispone de un reservado con paredes de falsos espejos para ser visto por las socias de un club de damas, lo que le reporta algún ingreso extra. La tarde la tengo comprometida con un par de hermanas, fundadoras del patronato: leeremos y comentaremos algunas páginas escogidas de sus autores favoritos, lo que me llevará hora y media; luego me toca recepción en casa de una familia muy distinguida, industriales me parece, compuesta de cinco hijas. Antes disponía de los segundos martes y los terceros jueves de cada mes para ir a ver a mi madre; pero como mi agente concedió una exclusiva de medias tardes a las herederas de una amiga suya, se corrió la voz de que estoy libre, y mis patronas me han ocupado este día también. En fin. Todavía si encontrara a alguien de mi edad que me escuchase, pero ¡cinco jovencitas!, ni me dejarán respirar. Confío en que llegaré a casa antes de la cena. Mi mujer se empeñará en que primero tomemos un baño juntos; pero seguro que cuando acabemos estaré agotado y, durante la velada, la dejaré a la mitad de una hermosa disertación y caeré rendido.
Un amigo con el que hablo cada tanto dice que, viviendo de esta manera, se pueden aguantar diez o doce años (aunque hay quien se acostumbra del todo). Yo espero retirarme en cuanto cumpla los cuarenta. Para entonces habré amasado una fortuna, además de enriquecer a mis patrocinadoras y a mi agente, y de haber contribuido con largueza a las arcas del Estado. Pero para conseguirlo hay que trabajar sin desmayo. Así es. Hay que trabajar. Pues la vida nos llena a todos de responsabilidades. Unas son elegidas, otras no; pero quién puede negarse. De modo que yo nunca dejo que se me peguen las sábanas; me levanto solo, antes de que amanezca, tomo un desayuno frugal y salgo corriendo. Tampoco quiero que me encuentre esta hija (aún es pequeña) y empiece a contarme sus cosas o a pedir que me quede. Debo ser resolutivo, empezar pronto.
Del libro Propuesta imposible, Madrid, Páginas de Espuma, 2008







