Javier Sáez de Ibarra
Aquí tenemos el problema de las mujeres. Que son muchas, quiero decir. Cuando digo muchas, en realidad me refiero a muchísimas. En este momento, la proporción quizá sea de novecientas a uno. O más.
Aquí tenemos el problema de las mujeres. Que son muchas, quiero decir. Cuando digo muchas, en realidad me refiero a muchísimas. En este momento, la proporción quizá sea de novecientas a uno. O más.
UNA DE JIM MORRISON
Israel Centeno
Tengo la mala costumbre de invitarme a cenar a la casa de mis amigos. Soy impertinente. Uno de estos días Calixto o Margarita terminarán por echarme.
Me presento puntual al finalizar el día. No les doy tiempo para cambiarse, bañarse ni para estar un poco a solas. Soy peor que una venganza. Tengo otros amigos, podría molestar a Alberto y a Consuelo o a Ramón, que anda divorciado.
—Cuando se ha vivido algo te das cuenta de que puedes franquear la puerta de cualquier persona.
BANDERA ROJA
Ernesto Pérez Zúñiga
Volvían a los que fueron sus cuerpos, los mismos que se habían ahogado cruzada la frontera de alta mar, vista la orilla. Volvían para mover las manos de sus cadáveres en el rompeolas.
HAMBURGUESA TRICK
Juan Carlos Chirinos
Una mujer que come con la boca abierta, Sandra, deja pasar paulatinamente al fantasma que, luego en la noche, perturba sus sueños más tranquilos. Cuando come con la boca abierta debe tener mucho cuidado al masticar, tragar los bocados casi enteros, procurar que los trocitos de cebolla permanezcan blancos y picantes. Porque si no, la mansedumbre de los sueños le cobrará con creces su torpeza y no la dejará dormir.
MALESTAR
Nicolás Melini
Tenía trece años y había pasado el día jugando al ping-pong, tomando el sol y bañándome en la piscina natural del Aeroclub. Estaba solo, pero siempre alguien necesitaba un contrincante en el salón, y, si no, estaban las hamacas, la cafetería donde pedir un bocadillo o un refresco, o el mar. Era pleno verano, y uno se acercaba al agua caminando sobre las pequeñas almohadillas de cemento dispuestas sobre las rocas de malpaís. La sal y el sol en la piel podían resultar muy agradables pasadas unas horas. Pero ya eran las tres de la tarde y decidí irme. No tenía con quien volver a casa y no me apetecía buscar vehículo, andar preguntando quién regresaba a la ciudad, esperarlo hasta que se fuese y mantener una conversación de circunstancia con esa persona. Así que, sencillamente, me puse los pantalones cortos sobre el bañador, los tenis, dispuse mi camiseta entre el cordón de la mochila y mi cintura y salí a la carretera del aeropuerto.
HISTORIA DE AMOR EN SANTIAGO DE LEÓN CARACAS
Juan Carlos Méndez Guédez
Lo primero que vi al salir a la calle: sus muslos dorados, lisos, imponentes en esa minifalda color miel.
Luego alcé la vista y descubrí que era una mujer común. Cabello corto; boca pequeña; ojos sin brillo. Las piernas parecían pertenecer a otra muchacha. Ella lo sabía y su caminar se concentraba en resaltar aquellas pantorrillas, aquellos muslos fascinantes.
La contemplé un par de veces, poseído por esa nostalgia que nos produce vislumbrar algo hermoso que nunca volveremos a encontrar. Saqué las llaves de mi Jeep, pensé mi esposa estaría calentando para la cena el risotto que yo había preparado el fin de semana y después de unos segundos escuché el grito. Un grito breve como un chispazo.
Luego alcé la vista y descubrí que era una mujer común. Cabello corto; boca pequeña; ojos sin brillo. Las piernas parecían pertenecer a otra muchacha. Ella lo sabía y su caminar se concentraba en resaltar aquellas pantorrillas, aquellos muslos fascinantes.
La contemplé un par de veces, poseído por esa nostalgia que nos produce vislumbrar algo hermoso que nunca volveremos a encontrar. Saqué las llaves de mi Jeep, pensé mi esposa estaría calentando para la cena el risotto que yo había preparado el fin de semana y después de unos segundos escuché el grito. Un grito breve como un chispazo.

