Juan Carlos Méndez Guédez

Hace unas horas, extraviado en una parada de autobús.
Debía hacer una sustitución en un taller literario. Un viaje lejano, descolorido. El tiempo apretaba. Sospeché que nunca sabría encontrar la parada y estuve a punto de tomar el autobús incorrecto. Una mujer: cejijunta; piel cetrina; ajada; me dijo con voz suave. “¿Vas para Prado-Somosaguas? Yo también. Te digo cuál es el número”. Esperamos un rato. Hicimos la ruta separados por tres o cuatro asientos, y en un momento dado me hizo una seña. Me despedí de ella con insistente agradecimiento. La vi seguir. Supongo que trabajará como doméstica en alguno de los chalets de la zona.
Ya no recuerdo bien su rostro. Uno siempre olvida el rostro de los ángeles.
Devoro la Historia del ojo de Bataille. Prosa que incendia el mundo, poema en el que se narra la pasión de tres jóvenes al descubrir cómo las formas diversas de un huevo, un ojo, un testículo de toro, son en realidad la forma límite que los une, que los enlaza en una pasión que desfigura y los realza.
El libro obedece a una lógica distinta a la de las novelas tradicionales. Nada es verosímil, ni obedece a una lógica descifrable. Los hechos se suceden con la vertiginosa furia del poema que surge desde la nada y a la nada regresa. Es el lenguaje, o más bien, la tensión de las imágenes que el lenguaje apresa, lo que moviliza la historia. Y a nosotros con ella, hundidos en la fascinación de lo maloliente, de lo acre, de lo inarmónico.
Dice Martín Garzo en su precioso libro: El cuarto del lado que escribimos con la mirada posible que nos entregan los ojos de los muertos. Me apasiona, me conmueve esa idea de una hermosura terrible. ¿Siempre? ¿Siempre escribimos con esos ojos?
¿Con qué ojos estoy escribiendo esta mañana?
Y tal vez estas notas se convierten en la única escritura posible. Ante el desaliento, la perplejidad, la indiferencia, imagino que me deslizo por estas páginas y que en ellos confieso esta abulia; esta incapacidad de leerme una novela entera, de continuar escribiendo mis propias historias, de no arrugar el entrecejo al mirar una sola de mis frases.
Las bellas novelas leídas en la adolescencia eran la promesa de un libro semejante que podía vivir dormido en mis manos. ¿Y ahora qué son? ¿La evidencia de la imposibilidad?
Estos días de vacaciones.
Anoche me asomé a lo que puede ser una vida sin escribir. De allí volví sin nada claro. Como un enfermo que comienza a caminar por una habitación. Luego releí dos cuentos de Borges y uno de Cortázar.
Para momentos de dudas, de desesperanza en el talento propio, no hay nada cómo aproximarse a la parpadeante luminosidad de los grandes. Regresé saciado, como quien redescubre la belleza de una moneda guardada durante años en el fondo de un cajón.
La felicidad de ayer en la tarde. Una alegría transparente, natural, sosegada. ¿Qué me ocurre? pensé. Y comprendí que acaba de leer un texto de Calvino (una de sus Cosmicómicas), y que ese relato poseía una levedad que iluminó con música mis horas. Como si esas palabras me besaran, me hiciesen testigo de un instante de esplendor. Desde ese momento pienso y siento la luna como el lugar donde una mujer desfallece de amor y se siente luna.
Leer un gran relato: vértigo en el pecho, un dolor mínimo cerca del cuello, un ahogo feliz, un latido.

Hace unas horas, extraviado en una parada de autobús.
Debía hacer una sustitución en un taller literario. Un viaje lejano, descolorido. El tiempo apretaba. Sospeché que nunca sabría encontrar la parada y estuve a punto de tomar el autobús incorrecto. Una mujer: cejijunta; piel cetrina; ajada; me dijo con voz suave. “¿Vas para Prado-Somosaguas? Yo también. Te digo cuál es el número”. Esperamos un rato. Hicimos la ruta separados por tres o cuatro asientos, y en un momento dado me hizo una seña. Me despedí de ella con insistente agradecimiento. La vi seguir. Supongo que trabajará como doméstica en alguno de los chalets de la zona.
Ya no recuerdo bien su rostro. Uno siempre olvida el rostro de los ángeles.
*
Devoro la Historia del ojo de Bataille. Prosa que incendia el mundo, poema en el que se narra la pasión de tres jóvenes al descubrir cómo las formas diversas de un huevo, un ojo, un testículo de toro, son en realidad la forma límite que los une, que los enlaza en una pasión que desfigura y los realza.
El libro obedece a una lógica distinta a la de las novelas tradicionales. Nada es verosímil, ni obedece a una lógica descifrable. Los hechos se suceden con la vertiginosa furia del poema que surge desde la nada y a la nada regresa. Es el lenguaje, o más bien, la tensión de las imágenes que el lenguaje apresa, lo que moviliza la historia. Y a nosotros con ella, hundidos en la fascinación de lo maloliente, de lo acre, de lo inarmónico.
*
Dice Martín Garzo en su precioso libro: El cuarto del lado que escribimos con la mirada posible que nos entregan los ojos de los muertos. Me apasiona, me conmueve esa idea de una hermosura terrible. ¿Siempre? ¿Siempre escribimos con esos ojos?
¿Con qué ojos estoy escribiendo esta mañana?
*
Y tal vez estas notas se convierten en la única escritura posible. Ante el desaliento, la perplejidad, la indiferencia, imagino que me deslizo por estas páginas y que en ellos confieso esta abulia; esta incapacidad de leerme una novela entera, de continuar escribiendo mis propias historias, de no arrugar el entrecejo al mirar una sola de mis frases.
Las bellas novelas leídas en la adolescencia eran la promesa de un libro semejante que podía vivir dormido en mis manos. ¿Y ahora qué son? ¿La evidencia de la imposibilidad?
*
Estos días de vacaciones.
Anoche me asomé a lo que puede ser una vida sin escribir. De allí volví sin nada claro. Como un enfermo que comienza a caminar por una habitación. Luego releí dos cuentos de Borges y uno de Cortázar.
Para momentos de dudas, de desesperanza en el talento propio, no hay nada cómo aproximarse a la parpadeante luminosidad de los grandes. Regresé saciado, como quien redescubre la belleza de una moneda guardada durante años en el fondo de un cajón.
*
La felicidad de ayer en la tarde. Una alegría transparente, natural, sosegada. ¿Qué me ocurre? pensé. Y comprendí que acaba de leer un texto de Calvino (una de sus Cosmicómicas), y que ese relato poseía una levedad que iluminó con música mis horas. Como si esas palabras me besaran, me hiciesen testigo de un instante de esplendor. Desde ese momento pienso y siento la luna como el lugar donde una mujer desfallece de amor y se siente luna.
Leer un gran relato: vértigo en el pecho, un dolor mínimo cerca del cuello, un ahogo feliz, un latido.
