Juan Carlos Chirinos

—Una mujer que come con la boca abierta, Sandra, deja pasar paulatinamente al fantasma que, luego en la noche, perturba sus sueños más tranquilos. Cuando come con la boca abierta debe tener mucho cuidado al masticar, tragar los bocados casi enteros, procurar que los trocitos de cebolla permanezcan blancos y picantes. Porque si no, la mansedumbre de los sueños le cobrará con creces su torpeza y no la dejará dormir. Ella, haciéndose la necia, dirá que algo le ha sentado mal en la cena del día anterior; y olvidará el suceso. Sin embargo intuirá, no sabe bien cómo, que se trata de algo que le viaja por dentro, un huésped que ha llegado para quedarse sin que ella se diera cuenta. Contará, al segundo día, que un malestar la ha acompañado desde la vez que conversó con aquella amiga tan perversa y malhablada; y se preguntará si no será cierto que los aires negativos se contagian. Al tercer día, tras un feroz vómito matutino, sacará su calendario para contar los días que faltan antes de la bajada de su próxima regla: y todo estará en orden. No obstante mirará más de lo acostumbrado el chorro amarillo de su vagina y llamará a uno de sus amantes, sólo por curiosidad. Dentro de su cuerpo, el fantasma que se coló cuando ella comía con la boca abierta habrá terminado de ocupar los espacios necesarios para dominar todo el sistema, como si fuera un militar que da un golpe de Estado. Entonces ella andará como sonámbula, delgada y hermosa, a punto de morir cuando cruza la calle. Y todos los que la conocieron simpática y vivaz supondrán que atraviesa malos caminos, entregada a un nuevo tipo de perdición. Ella, a pesar de todo, no notará la diferencia salvo por el hecho de sentirse más pegada al suelo, con más hambre. Su verdadera pregunta debe ser otra: pero el fantasma la corroe y se adueña de su voluntad. Y así termina sus días, revueltas las hamburguesas con la risa y el cabello del fantasma. Una mujer que come con la boca abierta no sabe lo que hace, Sandra.
—Qué tonta eres, Luciana, eso es mentira, los fantasmas no existen, —responde con nervios Sandra mientras traga grandes trozos de Big Mac que se confunden con sus dientes y su saliva, femenina y procaz.
Luciana mira hacia afuera: otra chica cruza la calle, delgada y perdida; fantasmal. Sandra cierra la boca pero intuye que, desde ese momento, la muerte puede ser su próxima compañera en la cama. Traga el bocado de pan, cebolla y carne antes de confesar:
—¿Sabes qué, Luciana?
Los fantasmas de alrededor hacen corro para atender a lo que Sandra va a decir, antes de eructar.
Para Octavio González, por los ñuses y los guepardos

—Una mujer que come con la boca abierta, Sandra, deja pasar paulatinamente al fantasma que, luego en la noche, perturba sus sueños más tranquilos. Cuando come con la boca abierta debe tener mucho cuidado al masticar, tragar los bocados casi enteros, procurar que los trocitos de cebolla permanezcan blancos y picantes. Porque si no, la mansedumbre de los sueños le cobrará con creces su torpeza y no la dejará dormir. Ella, haciéndose la necia, dirá que algo le ha sentado mal en la cena del día anterior; y olvidará el suceso. Sin embargo intuirá, no sabe bien cómo, que se trata de algo que le viaja por dentro, un huésped que ha llegado para quedarse sin que ella se diera cuenta. Contará, al segundo día, que un malestar la ha acompañado desde la vez que conversó con aquella amiga tan perversa y malhablada; y se preguntará si no será cierto que los aires negativos se contagian. Al tercer día, tras un feroz vómito matutino, sacará su calendario para contar los días que faltan antes de la bajada de su próxima regla: y todo estará en orden. No obstante mirará más de lo acostumbrado el chorro amarillo de su vagina y llamará a uno de sus amantes, sólo por curiosidad. Dentro de su cuerpo, el fantasma que se coló cuando ella comía con la boca abierta habrá terminado de ocupar los espacios necesarios para dominar todo el sistema, como si fuera un militar que da un golpe de Estado. Entonces ella andará como sonámbula, delgada y hermosa, a punto de morir cuando cruza la calle. Y todos los que la conocieron simpática y vivaz supondrán que atraviesa malos caminos, entregada a un nuevo tipo de perdición. Ella, a pesar de todo, no notará la diferencia salvo por el hecho de sentirse más pegada al suelo, con más hambre. Su verdadera pregunta debe ser otra: pero el fantasma la corroe y se adueña de su voluntad. Y así termina sus días, revueltas las hamburguesas con la risa y el cabello del fantasma. Una mujer que come con la boca abierta no sabe lo que hace, Sandra.
—Qué tonta eres, Luciana, eso es mentira, los fantasmas no existen, —responde con nervios Sandra mientras traga grandes trozos de Big Mac que se confunden con sus dientes y su saliva, femenina y procaz.
Luciana mira hacia afuera: otra chica cruza la calle, delgada y perdida; fantasmal. Sandra cierra la boca pero intuye que, desde ese momento, la muerte puede ser su próxima compañera en la cama. Traga el bocado de pan, cebolla y carne antes de confesar:
—¿Sabes qué, Luciana?
Los fantasmas de alrededor hacen corro para atender a lo que Sandra va a decir, antes de eructar.
